viernes, 7 de enero de 2011

¿Por qué mataron a Cuchillo si era tan buen muchacho?

¿Se puede destruir la eticidad propia de un pueblo para crear una sociedad sin ética?, se pregunta Rodolfo Kusch. Había respondido antes Manuel González Prada: “Le conservamos en la ignorancia y la servidumbre, le envilecemos en el cuartel, le embrutecemos con el alcohol”, lo cual traduciría: Iglesia, milicia y trago.

Bautizado en la pira bautismal por el Santos de moda como “el asesino de asesinos” escamoteándole el mote que tenía de “Cuchillo”, del cual se había hecho adjudicatario por matar a sangre fría mediante el degüello de sus víctimas, este hijo legitimo de la católica sociedad colombiana se había formado en la milicia regular de país, o sea, el Ejército. Era sindicado por las autoridades de la responsabilidad de unas 3.000 muertes –su amigo y antiguo jefe Jorge Pirata que reside en la Modelo precisó la cifra en 1.500, cifra modesta pero de vinculación directa- y responsable de una 10.000 desplazados.

En su huida, tuvo responsabilidad etilica el wishky Chivas 20 años que lo sumergió en el caño Siare con su pistola de cachas de oro con incrustaciones de diamante, en inmediaciones de los Departamentos del Meta y el Guaviare, corroborando el principio filosófico del maestro Hair Leal de que “el que a hierro mata a hierro muere pero puede resultar ahogado".

jueves, 6 de enero de 2011

“De esta vida nadie sale bien librado”*

Murió Mercedes. Es la primera persona que conozco que se muere así, de una manera tan fulminante. Bueno, “fulminante” sería suficiente, el “tan” viene a sobrar frente a este adjetivo tan cortante y rotundo, que apenas deja como la humareda en la boquilla de una pistola. Escasamente hace unos quince días supe que estaba enferma y que Oscar, su esposo, la había llevado al Seguro por un malestar crónico. Quince días atrás el médico que la revisó la envió para la casa con la receta de un laxante porque manifestó sensación de congestión estomacal. ¡Cómo le pararían de bolas ante una dolencia mortal!

Pero unos días después de nuevo se sintió mal y Oscar tuvo que traerla de urgencia. Su estómago había crecido y no podía comer casi nada. Empezaron a hacerle exámenes con más cuidado y los médicos que la trataban se abstuvieron de emitir algún diagnóstico hasta no obtener los resultados de los exámenes.

Mi hija que es médica y había venido el fin de semana a saludarnos, supo del estado de salud de Mercedes y fue a visitarla hasta Buenavista, una vereda cerca a la ciudad, que queda arañando la cordillera a unos 1.100 metros sobre el nivel de mar. Se trataba de una visita social, sobre todo. Sin embargo cuando regresó a la casa venía impresionada: “Papá, creo que ya sabemos lo que tiene Mercedes: es un cáncer de hígado y, si se confirma, contra eso no hay nada qué hacer”.

Días después seguí obteniendo noticias esporádicas de su salud. Los médicos no hacían un diagnóstico claro pero se especulaba de un cáncer en el páncreas. Practicaron una biopsia y la enviaron a Bogotá y quedaron pendientes. Una técnica de dilación. A Oscar se le achicaba el corazón escuchando las noticias escuetas de los médicos y empezó a temer lo peor. Su familia se reducía a Mercedes, Laura, su hija –a quien vi crecer en el vecindario mientras vivimos en Buenavista- y él. Un gigantón de un metro con ochenta, barbado pero que pese a su apariencia, era un hombre bastante tranquilo y pacífico que vivía en torno a Mercedes quien, en los últimos años en que los cercó la angustia económica, mostró más entereza y energía que él.

Cuando los conocí a los dos eran dos personas muy diferentes. De alguna forma, la fortuna les sonreía y tenían más o menos todo lo necesario. Vivían con modestia en una casita de cuentos infantiles, la mayoría de ella hecha en madera. Siempre tuvo una aviso de “Se Vende” por no sé qué capricho de Oscar, que sin embargo nunca la vendía. Habían vivido en Buenavista como se dice toda la vida y en el fondo dudábamos que se irían algún día. No divertíamos los fines de semana, tomábamos en torno a fogatas y nos reíamos mucho. Mercedes tenía una risa especial, si no es que siempre se nos ocurre eso de las personas que fallecen. Se reía fácil de las cosas simples y era una persona muy calmada. Nunca que recuerde la vi molesta. A veces un poco concentrada, en los últimos años, cuando pasaba por la casa en compañía de Laura. Oscar, por problemas de nervios, a raíz de su afición a la bebida, había vendido un campero que manejaba y desde entonces su economía se vino a pique.

Entonces Mercedes se había dedicado a hacer pequeñas costuras en su casa, trabajó en una despulpadora de fruta, peluqueaba a los vecinos y quizás, por la misma situación dura por la que pasaban, se acercó mucho a la iglesia en la vereda pero no se quejaba. Era estoica.

Esta mañana vino mi suegro, después de un largo fin de semana esperando los resultados de la biopsia. Me dijo que venía de la clínica y que Mercedes había acabado de morir. Caímos en el silencio.

Lo que me pregunto es si Mercedes se murió por la enfermedad o por la miseria en la que estuvieron viviendo. Primero porque tal vez no tuvo la atención médica necesaria. Y segundo, porque acercarse uno tanto a la iglesia pero perder fe y las ganas de vivir es muy mala señal y muy mal síntoma para conservar la vida.

Oscar se demolerá y quién sabe cómo va a sobrevivir a este golpe. Como decía la escritora Dorothy Parker, “Que se sepa, de esta vida nadie sale bien librado”


Escritora y Dramaturga Dorothy Parker

jueves, 2 de septiembre de 2010

Olivia


Mónica Ostos tenía la exacta apariencia de Olivia, la novia de Popeye. Al principio no lo noté y solo vi en ella a una alumna más de Comercio Internacional. Era espigada y se recogía el cabello con un moño esmerado, estilo años cincuenta.



Era un tanto insignificante y por muchas clases no le presté atención. Se confundía con el resto de muchachas pero, cierto formalismo, una tendencia a actuar, hablar y moverse con sobriedad y elegancia, hicieron que resaltara en su grupo.

Tenía los ojos pequeños y oscuros; sus labios eran delgados y acentuaban la pulcritud de su temperamento.

No sé si serían simples impresiones mías; a lo mejor, otras personas, solo observarían en ella a una adolescente desmirriada. Pero el trato constante en clases, el intercambio de preguntas y respuestas, me hicieron ver en ella más cosas de lo que otros podían ver a primera vista.

Su cuerpo, aunque era delgado, estaba bien delineado.

Un día antes de su clase de gimnasia, pude observarla en la puerta del salón de clase. LLevaba un pantalón corto, una camiseta blanca de lana y tenis. Sus piernas eran delgadas, finas y sin estrías. Poseía unas caderas proporcionadas y con gracia.

Tuve el súbito deseo de acercarme a ella. De pronto se volvió sobre sí y quedamos parados uno frente al otro. Me salió una risa malévola no sé de dónde mientras la contemplaba bajo la órbita de mi cuerpo alto y robusto.

Hizo una mueca y se apartó de mí.

Caminaba con energía, procurando alejarse lo más pronto posible, y fue cuando tuve la revelación de que era exacta a Olivia, así se llamara Mónica.

En las siguientes clases toleró mal mi presencia pero su desaire solo inflamaba más mi deseo de rodear con mi brazo su delgada cintura y robar de sus labios la miel de un beso.

Desafortunadamente y con los días, nuestra relación derivó hacia la acechanza y la huida.

Se escapaba de mí como una gacela; resbalaba por los pasillos y laboratorios de la universidad; nos encontrábamos, casi chocábamos por intención mía en las salidas de auditorios después de conferencias; la expiaba en el gimnasio y la veía reir con otros de lejos, en la cafetería.

Sobrará decir, a estas alturas, que estaba rudamente enamorado de Mónica.

Mi osadía llegó a su límite el día de la fiesta de aniversario de nuestra institución educativa. Cerca a la Oficina de Bienestar, nos encontramos de súbito, sustraídos del grueso de la gente, solos, uno frente a otro: intentó huir, pero su cintura ya estaba en mis brazos y mis labios buscaban su boca. Me dio unos tiernos puños en el pecho, y por supuesto, esto me excitó aún más. Chilló un raro nombre y de pronto alguien me apartó bruscamente y puso en uno de mis ojos un golpe que me sonó a locomotora enfurecida y resonó como yunque castigado.

Quedé sentado en el suelo, con una rodela negra en mi ojo, tratando de reponerme, mientras Mónica me espetaba agriamente:

¡Brutus! ¡Brutus! ¡Eres un patán! ¡Vamos, Popeye!

Un joven rubio, alto y cuajado de Ingeniería Industrial, la había rescatado en sus brazos. Me dieron la espalda y se marcharon.

Me rascaba la cabeza, tratando de recordar dónde había leído que la realidad supera la fantasia.

Brutus.

martes, 2 de marzo de 2010

Qué tan civilizadora fue Europa

Las empresas más formidables de "civilización" emprendidas por Europa en América, Africa y la India,han sido, en términos reales, empresas de barbarie y sometimiento. Veo un documental sobre El Congo, y la relación con el libro "En el Corazón de las Tinieblas", de Conrad, un europeo que se le achicó el corazón de ver tanta barbarie en nombre de la civilización, y me acuerdo de América y su proceso de sometimiento y dominación por Europa, un camarilla de ampones, medio letrados, acicateados por la fiebre del oro que saquearon, torturaron; conjurados con la religión para acabar con una cultura ambientalista, pacífica en la mayoria de los casos, armoniosa de los nativos americanos.

Estos dos procesos de colonización, así como el tema de la India, podrían ser un buen principio para emprender una empresa de revisión sobre el papel de Europa y su proceso "civilizador" en el mundo. Y los resultados, ademas, que hoy saltan a la vista en el libre mercado y el modelo de desarrollo arrasador.

Sería muy bueno confrantarlo a su Eurocentrismo, a la sensación de que sin ellos, otro mundo no habría sido posible. Lo cual, ha podido ser una de la grande tragedias de la humanidad.

viernes, 30 de enero de 2009

Tics para escribir una novela

Bueno, y al fin, me leí la segunda novela de Millás: “Letra Muerta”. Título lúgubre y funeral. Ahora vengo a descubrir la corriente de novela policiaca en la que nada Millás. La novela, de alguna forma se parece a él. Cuando lo conocí en Cartagena, en el claustro de Santo Domingo, llegó de manera silenciosa, como un monje que la disciplina de su oficio lo obliga a cumplir una labor no del todo grata, más o menos forzada por sus votos de obediencia. Mientras caminaba, el párpado de su ojo iba a media asta –lo veía de perfil mientras avanzaba dando un rodeo a la sala- y levantaba brevemente una ceja. Eso le daba el gesto noble de una tortuga milenaria. Sin embargo, caminaba con vigor: parecía un ganso con cabeza de búho. Por fin llegó a la mesa principal y sin muchos rodeos entró en materia: hablar sobre la novela y el oficio de escribir. Sin duda fue el mejor de los escritores que pasaron ritualmente a hablarnos.

Ahora que lo pienso, el escenario de ese claustro eclesiástico de siglos atrás le iba muy bien por su tradición española, tan católica, nación terca y austera, brazo aventajado de la iglesia. “Letra Muerta” es una historia de curas.

Me pareció frugal. Hombre seco y espigado, la camisa por fuera. No se rió, estuvo, digamos, formal sin estar tenso. Sabía y estaba seguro de su superioridad. No había en la sala otra persona para demostrarle lo contrario. Cuando terminó se fue solitario, igual como había entrado.

No sabía de la madurez de su oficio y ahora voy poco a poco comprobándolo.

Yendo al grano, con respecto a “Letra Muerta”:

Es necesario hacer una buena síntesis de la novela antes de escribirla. Es muy útil para que la obra parta de una estructura, de un esqueleto bien conformado. Lo contrario, sería divagar en la construcción de una entidad amorfa. Millás habló en su charla de que cuando se sentaba en las mañanas a escribir, no sabía qué era lo que iba a escribir ni lo que iba a pasar en su historia: “Eso sería muy aburrido”. Sin embargo, eso no quería decir que no existiera un mapa muy general, una historia más o menos armada. Pienso que si no se tiene una síntesis bien elaborada de la novela antes de empezar a escribirla, es mejor no iniciar. Y creo que esta parte, es para ser creativos y audaces al máximo, si no queremos engendrar un niño muerto. Así en “Letra Muerta”, a medida que vamos avanzando y cuando se va cerrando el fin de la historia, apreciamos que nada de lo escrito antes fue gratuito sino todo lo contrario; dispositivos de relojería finamente dispuestos para que el engranaje fuera perfecto.

Esa fue otra lección de la que quiero hablar después.

viernes, 23 de enero de 2009

Novelas de la vagina

Acabo de leerme “Cerbero son las sombras”, de Juan José Millás. Bueno, ya hace unas semanas. Es la primera novela de una antología de tres novelas cortas, de Alfaguara. Fui a leer la segunda novela y no pude.
Quedé en un hueco oscuro después de leerla, en medio del silencio y con la necesidad de meditar en esta primera historia. El sentido del texto me transmitió un mensaje oscuro y pesimista, muy propio de los españoles, pero lo que traté de observar fue la técnica.
La historia básica es la siguiente. Millás insiste que es una novela de pasillos, o de zaguanes oscuros –como la vagina, todo un misterio; así lo dice él mismo-: una familia que huye se refugia en Madrid: padre, madre y tres hijos. Dos muchachos y una niña. De los dos chicos, el menor es el narrador. La familia día a día se va reduciendo, amenazados por la pobreza, la carencia de ayuda y la persecución. El mayor de los hermanos huye una noche y regresa enfermo. El padre encomienda al hijo menor –el narrador- la misión de buscar ayuda. La ayuda –una ex amante del padre-, muere trágicamente a último momento y se desvanece la esperanza de socorro. El hijo mayor que había huido y regresado enfermo muere y la madre oculta el cadáver del resto de la familia en un armario. El joven hijo narrador, ve derrumbarse a su padre y descubre el secreto de su madre: va perdiendo la razón ante la sordidez, huye, alquila una buhardilla y desde este final se encadena el relato con el comienzo: “Querido padre: Es posible que en el fondo tu problema, como el mío, no haya sido más que un problema de soledad.” Se cierra el círculo que puede empezar de nuevo.

¿Qué saqué en conclusión?

Trabajar una novela –y eso es muy propio del género- requiere dos condiciones: a. Hondura psicológica en el tratamiento de los personajes. En este caso, el mismo narrador hace un profundo examen de sí mismo y de su padre. Legado de Dostoiesky. b. Imprevisión y torcedura de los acontecimientos que eleve la tensión. Es decir, la tensión no basta: es necesario los detalles de último momento que lo tuercen todo. “O sea”, como diría un gomelo mascando chicle: uno puede manejar las curvas de interés para mantener la buena tensión, pero si además agrega la imprevisión en los hechos y acontecimientos, aumenta de manera significativa el efecto sobre el lector. Tal vez se podría hablar de otro elemento esencial: la voz propia, el lenguaje personal y un cierto calibre filosófico en el pensamiento del autor. Más o menos eso es lo que se le siente a Millás.

lunes, 12 de enero de 2009

Sin lugar

Creí que con los años, los cursos de Yoga, Tai Chi y meditación para estar en armonía con el mundo me iban a hacer una persona más sintonizada con el tiempo. No ha sido así. Peor aún: cada día la cosa es peor y es como si no encontrara mi lugar en ninguna parte, como si me hubiera adjudicado la condición del amante abandonado que no halla sosiego en ningún lugar.
A cualquier punto que vaya, apenas llegando, ya siento hastío y deseos de partir a otro lado, esperando en vano encontrar algo que no hallaré, o que perdí un día y no me di cuenta.
Cada día me incomodan más los demás, me son adversas las ideas políticas triunfantes y mi contacto con los otros es un roce de irritabilidad.
En el comienzo, hallaba mi lugar sin complicaciones: encima de una baranda, lanzando piedras a un charco era suficiente. No peleaba con nadie porque no había con quien hablar. Me tumbaba en un banco de madera y adivinaba las siluetas de animales de algodón que se iban formando con las nubes. Oía la canción de Soeur Sourire: “Dominique, nique nique, pobremente por ahí…”