martes, 2 de marzo de 2010

Qué tan civilizadora fue Europa

Las empresas más formidables de "civilización" emprendidas por Europa en América, Africa y la India,han sido, en términos reales, empresas de barbarie y sometimiento. Veo un documental sobre El Congo, y la relación con el libro "En el Corazón de las Tinieblas", de Conrad, un europeo que se le achicó el corazón de ver tanta barbarie en nombre de la civilización, y me acuerdo de América y su proceso de sometimiento y dominación por Europa, un camarilla de ampones, medio letrados, acicateados por la fiebre del oro que saquearon, torturaron; conjurados con la religión para acabar con una cultura ambientalista, pacífica en la mayoria de los casos, armoniosa de los nativos americanos.

Estos dos procesos de colonización, así como el tema de la India, podrían ser un buen principio para emprender una empresa de revisión sobre el papel de Europa y su proceso "civilizador" en el mundo. Y los resultados, ademas, que hoy saltan a la vista en el libre mercado y el modelo de desarrollo arrasador.

Sería muy bueno confrantarlo a su Eurocentrismo, a la sensación de que sin ellos, otro mundo no habría sido posible. Lo cual, ha podido ser una de la grande tragedias de la humanidad.

viernes, 30 de enero de 2009

Tics para escribir una novela

Bueno, y al fin, me leí la segunda novela de Millás: “Letra Muerta”. Título lúgubre y funeral. Ahora vengo a descubrir la corriente de novela policiaca en la que nada Millás. La novela, de alguna forma se parece a él. Cuando lo conocí en Cartagena, en el claustro de Santo Domingo, llegó de manera silenciosa, como un monje que la disciplina de su oficio lo obliga a cumplir una labor no del todo grata, más o menos forzada por sus votos de obediencia. Mientras caminaba, el párpado de su ojo iba a media asta –lo veía de perfil mientras avanzaba dando un rodeo a la sala- y levantaba brevemente una ceja. Eso le daba el gesto noble de una tortuga milenaria. Sin embargo, caminaba con vigor: parecía un ganso con cabeza de búho. Por fin llegó a la mesa principal y sin muchos rodeos entró en materia: hablar sobre la novela y el oficio de escribir. Sin duda fue el mejor de los escritores que pasaron ritualmente a hablarnos.

Ahora que lo pienso, el escenario de ese claustro eclesiástico de siglos atrás le iba muy bien por su tradición española, tan católica, nación terca y austera, brazo aventajado de la iglesia. “Letra Muerta” es una historia de curas.

Me pareció frugal. Hombre seco y espigado, la camisa por fuera. No se rió, estuvo, digamos, formal sin estar tenso. Sabía y estaba seguro de su superioridad. No había en la sala otra persona para demostrarle lo contrario. Cuando terminó se fue solitario, igual como había entrado.

No sabía de la madurez de su oficio y ahora voy poco a poco comprobándolo.

Yendo al grano, con respecto a “Letra Muerta”:

Es necesario hacer una buena síntesis de la novela antes de escribirla. Es muy útil para que la obra parta de una estructura, de un esqueleto bien conformado. Lo contrario, sería divagar en la construcción de una entidad amorfa. Millás habló en su charla de que cuando se sentaba en las mañanas a escribir, no sabía qué era lo que iba a escribir ni lo que iba a pasar en su historia: “Eso sería muy aburrido”. Sin embargo, eso no quería decir que no existiera un mapa muy general, una historia más o menos armada. Pienso que si no se tiene una síntesis bien elaborada de la novela antes de empezar a escribirla, es mejor no iniciar. Y creo que esta parte, es para ser creativos y audaces al máximo, si no queremos engendrar un niño muerto. Así en “Letra Muerta”, a medida que vamos avanzando y cuando se va cerrando el fin de la historia, apreciamos que nada de lo escrito antes fue gratuito sino todo lo contrario; dispositivos de relojería finamente dispuestos para que el engranaje fuera perfecto.

Esa fue otra lección de la que quiero hablar después.

viernes, 23 de enero de 2009

Novelas de la vagina

Acabo de leerme “Cerbero son las sombras”, de Juan José Millás. Bueno, ya hace unas semanas. Es la primera novela de una antología de tres novelas cortas, de Alfaguara. Fui a leer la segunda novela y no pude.
Quedé en un hueco oscuro después de leerla, en medio del silencio y con la necesidad de meditar en esta primera historia. El sentido del texto me transmitió un mensaje oscuro y pesimista, muy propio de los españoles, pero lo que traté de observar fue la técnica.
La historia básica es la siguiente. Millás insiste que es una novela de pasillos, o de zaguanes oscuros –como la vagina, todo un misterio; así lo dice él mismo-: una familia que huye se refugia en Madrid: padre, madre y tres hijos. Dos muchachos y una niña. De los dos chicos, el menor es el narrador. La familia día a día se va reduciendo, amenazados por la pobreza, la carencia de ayuda y la persecución. El mayor de los hermanos huye una noche y regresa enfermo. El padre encomienda al hijo menor –el narrador- la misión de buscar ayuda. La ayuda –una ex amante del padre-, muere trágicamente a último momento y se desvanece la esperanza de socorro. El hijo mayor que había huido y regresado enfermo muere y la madre oculta el cadáver del resto de la familia en un armario. El joven hijo narrador, ve derrumbarse a su padre y descubre el secreto de su madre: va perdiendo la razón ante la sordidez, huye, alquila una buhardilla y desde este final se encadena el relato con el comienzo: “Querido padre: Es posible que en el fondo tu problema, como el mío, no haya sido más que un problema de soledad.” Se cierra el círculo que puede empezar de nuevo.

¿Qué saqué en conclusión?

Trabajar una novela –y eso es muy propio del género- requiere dos condiciones: a. Hondura psicológica en el tratamiento de los personajes. En este caso, el mismo narrador hace un profundo examen de sí mismo y de su padre. Legado de Dostoiesky. b. Imprevisión y torcedura de los acontecimientos que eleve la tensión. Es decir, la tensión no basta: es necesario los detalles de último momento que lo tuercen todo. “O sea”, como diría un gomelo mascando chicle: uno puede manejar las curvas de interés para mantener la buena tensión, pero si además agrega la imprevisión en los hechos y acontecimientos, aumenta de manera significativa el efecto sobre el lector. Tal vez se podría hablar de otro elemento esencial: la voz propia, el lenguaje personal y un cierto calibre filosófico en el pensamiento del autor. Más o menos eso es lo que se le siente a Millás.

lunes, 12 de enero de 2009

Sin lugar

Creí que con los años, los cursos de Yoga, Tai Chi y meditación para estar en armonía con el mundo me iban a hacer una persona más sintonizada con el tiempo. No ha sido así. Peor aún: cada día la cosa es peor y es como si no encontrara mi lugar en ninguna parte, como si me hubiera adjudicado la condición del amante abandonado que no halla sosiego en ningún lugar.
A cualquier punto que vaya, apenas llegando, ya siento hastío y deseos de partir a otro lado, esperando en vano encontrar algo que no hallaré, o que perdí un día y no me di cuenta.
Cada día me incomodan más los demás, me son adversas las ideas políticas triunfantes y mi contacto con los otros es un roce de irritabilidad.
En el comienzo, hallaba mi lugar sin complicaciones: encima de una baranda, lanzando piedras a un charco era suficiente. No peleaba con nadie porque no había con quien hablar. Me tumbaba en un banco de madera y adivinaba las siluetas de animales de algodón que se iban formando con las nubes. Oía la canción de Soeur Sourire: “Dominique, nique nique, pobremente por ahí…”

lunes, 28 de julio de 2008

Como en las Película

La más rara impresión que me transmite el cine y la televisión es un profundo sentido de asepsia y orden. Los sentimientos y las personas que proyecta la pantalla son modelados de tal forma que no solamente hay bondad en ellos, sino exquisita pureza, angelical limpieza, que salta y se estrella contra la turbidez, torcedura y negra conciencia nuestra. ¡Cómo quisiera ser tan bueno! ¡Cómo podría ser de corazón tan puro como se me enseñan ahí!

Ayer sentí un profundo cansancio de ser yo mismo. Me declaré jarto, jodido de cargar a diario, minuto a minuto con mi conciencia, con “ese ser yo”, que bulle en mi cabeza, que anda conmigo, que duda, imagina y se conduele. Toda objetividad a la que uno aspire esta jodida de antemano sabiendo que esa carga, esa conciencia pegada, adherida como una mancha no se separará nunca. ¿Cómo poder mirar el mundo con limpieza, claridad y algo de objetividad sino nos define y esencialmente somos una subjetividad caprichosa, mezquina y limitada.

En el cine, incluso el que tiene más pretensiones de ser realista, también los objetos transmiten ese sentimiento de oportunidad y pertinencia: están justo en el lugar que deben estar: son limpios, relucientes, arquitectónicamente delineados. Si un personaje en la película o en la serie, toma por ejemplo un balón de baloncesto, ese balón va más allá: es limpio, reluciente, la superficie adherente se siente resbalar por las yemas de los dedos del personaje; suena con un timbre especial en el maderamen y rasga de manera particular la malla de la cesta. ¿Por qué mi bola de baloncesto no suena igual, no salta igual?; incluso el golpe seco en el maderamen, lucha para que no se lo trague el piso y le impida saltar cargado de energía.

Viendo cine la realidad es una frustración muy grande. ¿Cuándo besaré, y cuando gemirá una mujer como lo hace en cine?

domingo, 20 de julio de 2008

De la Mala Educación

Que “el dinero es el estiércol del diablo”, nos decían el cura desde el púlpito, pero enviaba al acólito a recoger monedas en una bolsita; es decir, a recolectar estiércol. Que Judas se ahorcó con una bolsa de treinta monedas, obtenidas de una transacción que selló una traición. Que “es más fácil que un rico entre al cielo, que pase un camello por el ojo de una aguja”. Que “bienaventurados los pobres, porque ellos heredarán la tierra” –en el reino del más allá, no se sabe cuándo-; que “el dinero no lo es todo”, “et cétera”, “et cétera”.

Había una intención bien larvada de fomentar la miseria y la aceptación de la pobreza mediante la educación en la escuela y la doctrina en las iglesias con una mala mirada a la riqueza. ¿Quién iba a desear ser rico si mediante ello prácticamente obtenía la condenación?

Había en cambio que trabajar por los demás, con entrega y humildad, como una mula mansa. Había que ayudar a enriquecer al señor del pueblo, al hacendado del campo, pues, nosotros ya estábamos bien pagos por la gracia del Señor.

Pero si íbamos a sentarnos, primero y adelante se sentaba el rico; si el pobre se enfermaba, el médico no iba a su casa, sino que se consumía en fiebres en un camastro, tirado como una bestia. El rico consumía las mejores viandas, vestía las mejores ropas, pagaba la mejor educación a sus hijos, y sin duda, el cura rezaba con más devoción por su alma, pues era quien más favorecía con su dinero la empresa de la iglesia.

Ahora, hoy día, ha cambiando un poco el mensaje y se habla de llevar una vida honesta, muy recta y fundada en los principios de la Corporación.

sábado, 22 de diciembre de 2007

El 090

Me considero un atleta de dos veces a la semana. Mi familia, aprecia ese buen hábito, con cierta benevolencia. Corro suave, a mi ritmo pero me hice a un cierto prestigio que pagué caro.

Mi hija, que estudia medicina, llegó hace poco y me dijo que si podía participar en una carrera que organizaban los médicos, sus maestros, que a ella la recompensaría por llevar participantes y trotar. Lo pensé un momento. Me dijo: “Es desde el hospital hasta el Club Meta”. Me pareció corto el recorrido.

Fuimos el día de la prueba. Me acompañaba mi hijo Santiago, de nueve años y mi esposa. Al ver los otros participantes, me dijo: “Papá, son uno cuchos. Seguro usted les gana”. Su optimismo era sereno. Yo sentí un no sé qué.

Cuando me pasaron el mapa de la prueba tuve mi primera contrariedad. Era del Hospital hasta el Club Meta, pero se daba un rodeo por el sur de la ciudad, y el recorrido sumaba ocho kilómetros. Empecé a oír comentarios y deduje que varios de ellos, atletas en uso de buen retiro, también participarían. Eche un rápido vistazo a mis contrincantes: alumnos de la facultad algo obesos; médicos maestros de mi hija, ya entrados en años. Pensé que al menos con ellos tendría oportunidad.

Nos pusieron en la línea de largada, me estamparon el 090 y dieron la partida. Aunque se había hecho un tácito pacto de ir suave, el entusiasmo y la rivalidad prendió y le imprimieron un ritmo endemoniado a la carrera. Mi esposa y mi hijo salieron hacia la meta.

Ni los muchachos, ni los médicos cedieron un centímetro. Los atletas en buen retiro hacían una ostentación modesta. Mantuvieron un ritmo asfixiante y agónico. Hasta tuve la sospecha de que “algunos” se había aplicado unas bolsas de sangre oxigenada. Acudí a la psicología de atleta, y pensé que más bien, tuvieron el cuidado de entrenar varias veces el recorrido. Era una celada.

A mitad del recorrido, cuando el grupo se desintegró y advertí que me había tomado dos cuadras de ventaja, palidecía. Mi retiro se vio precipitado porque me dio pena ver el tráfico parado a la espera que pasara el último participante: yo, por supuesto.

“Papa, llegaron todos. Incluso los cuchos y el único que no apareció fue el 090”. Me sumí en el sofá, sin saber que decir.