viernes, 21 de agosto de 2015

Los afanes de Filípides (Fragmento)


Filípides… ¿dónde vas?

          Nadie sabe cómo era el rostro de Filípides, el hombre en cuya memoria se instituyó el Maratón. Tal vez tenía un rostro agudo y anguloso. Cierto rostro de sufrimiento y concentración muy propio de los atletas fondistas. Heródoto, quien lo trajo a colación, dice que era un corredor profesional. Y que por ello fue que recibió el encargo de correr 246 kilómetros, que era la distancia que separaba a Atenas de Esparta para pedir ayuda en contra de la invasión de los persas que ya había penetrado Grecia continental por Eritrea. Igual, debió ser un hombre de buena zancada pero delgado.
      
     Si corría con frecuencia, igual, debía tener pecho de erguido, tirado un poco al frente y musculatura flexible y delgada. Cuando llegó a Esparta, pese al afán de su razón, debió esperar que sucedieran  ciertos rituales que les impedía a los espartanos convocar una asamblea para decidir prestar o no auxilio a los atenienses. Debió ser paciente junto con su sentimiento de extranjero en tierras extrañas  y dedicarse a deambular por la ciudad. Tal vez, recorrer los gimnasios espartanos que gozaban de fama en toda Grecia.
        
        Si le ofrecieron a beber vino debió abstener y preferir el agua pura y de las viandas que le sirvieron para reponer la fuerza comió lo estrictamente necesario. Su afán era partir con el recado de devuelta para ver como los atenienses organizaban la defensa. Nunca antes un ejército tan grande y con propósitos tan hostiles se disponía a desembarcar en tierra griega para asolarla.
      
         Los persas habían prometido violar las mujeres y esclavizar los niños. Nadie, ningún ateniense, menos Filípides, un hombre de virtud, podía estar tranquilo con esas razones en su cabeza. Y ahora, estaba el suspenso de la decisión de los espartanos que no harían asamblea hasta culminar sus sacrificios.
     
        Con las horas, Fílipides comprendió que la diplomacia es la forma educada de mentir o de negar,  al postergar una decisión tan trascendental y que de hecho el motivo religioso era un pretexto para no auxiliar a los atenienses. Filípides, tuvo que tomar camino de devuelta como había llegado, es decir, corriendo en sus dos piernas. No había oportunidad de cambiar de opinión, de decidir otro cómodo medio de transporte como tendríamos hoy oportunidad y se entiende por qué se cuidaba de no consumir vino y estar liviano de peso. 246 kilómetros los esperaban de devuelta.
     
       Cuando llegó a Atenas apenas los esperaban para partir a Maratón, a 46 kilómetros de distancia, para salir al paso a los persas antes de que cayeran en Atenas. Recibieron con desaliento sus noticias que es la mala fortuna de los mensajeros que, si traen buenas nuevas son bien atendidos y si son malas hasta les cortan la cabeza. Dieron la orden a las mujeres para que, en caso de perder, sacrificaran los niños y terminaran con sus vidas, antes de caer en manos de la soldadesca de Darío. Así partieron, con un sentimiento sombrío, bien sea por la falta de apoyo de los espartanos, o por la estrategia conocida del rey persa de rebasar con su ejército en gran número a sus contrincantes, lo cual daba en avasallantes triunfos para él y estruendosas derrotas para sus contrarios.
      
       Cuando se enfrentaron en Maratón quisieron los dioses griegos, en especial Atenea, en cuyo honor había sido consagrada la ciudad, generar una gran tormenta en el mar costero que traía multitud de ejército persa y los griegos lograron vencer en la costa, disparando una lluvia de flechas y pasando por el espada a los persas que, encharcados, no podía reponerse del clima ante lo cual dieron la retirada a sus embarcaciones para ajustar un golpe en Falero.
     
        Ya de por si agotado Filipides, quien había experimentado en pocos días varias veces lo que llaman lo atletas “el muro”, que es cuando el cuerpo ha consumido todas sus reservas de energía y empieza a devorar el músculo, recibió de nuevo el encargo de llevar la noticia a Atenas, esta vez con mayor prisa, antes de que las mujeres, en la duda y el desespero, procedieran con la orden de sacrificar los críos y a ellas mismas.

     
          Partió Filípides con el clarear del día al final de la batalla, que es la hora preferida de todo atleta para correr en entrenamiento base, pero esta vez tuvo que llevar el ritmo de intensidad. Y para memoria y gloría suya, refieren los historiadores que ya sabemos y como colofón formativo y heróico, que supo morir apenas entregó la noticia a los arcontes de Atenas. “Alegraos, vencemos”. Dicen que dijo. Y no más. Y con razón después de correr tantas veces en circunstancias tan angustiantes. 






Los Chasquis inmortales

“Según el cronista mestizo Garcilaso de la Vega,
el chaskqui, gracias a su velocidad y a su fuerza,
llevaba pescado fresco de la costa a el Inca,
ubicado en la capital incaica, Cusco, 
cubriendo una distancia de 600 kilómetros”.
 Wikipedia

No es lo mismo correr al nivel del mar Egeo, al lado de las montañas rocosas de la Grecia continental que hacerlo a 4.500 metros sobre el nivel del mar, sobre el lomo de los Andes, pensó el Chasqui Kunturkanki, cuando avistó a los españoles penetrar Tahuantinsuyo aliados de otros indios enemigos de su señor Huayna Cápac.

Su proeza no quedó escrita pero corrió cinco días por los Andes, de Ollantaytambo a Vilkashuaman. Debía llegar al campamento del capitán Rampa Yupanqui con la misión de entregar un quipu para anunciar una de las primeras y escasas victorias sobre los conquistadores.

Era uno más de cientos de indios jóvenes educados para la carrera a través de Capac Nan y ser en persona el sistema de correos más eficiente hasta ahora provado así en América como en Europa, que cubría unos 2 millones de kilómetros cuadrados;  es decir, el territorio que comprendía el imperio Inca. Tenía un sistema de aprovisionamiento y descanso pero el problema seguía siendo las grandes distancias y la altura, que hace escaso el oxígeno.

Era cierto que no pocas veces eran testigos únicos de los paisajes más bellos y las regiones más transparentes, presididos de su deidad solar, contrastados de empinadísimas montañas detrás de un fondo azul celeste, sino que de manera reiterada, debían afrontar los rigores del clima y del camino. Para lo cual los descendientes de Manco Kapac y Mama Ocllo, antes como ahora, sabían llevar en su chuspa hojitas de coca para mascar y darse ánimos. No de otra forma podían soportar los rigores de una carrera extrema como se les imponía.

Su suerte, como otros mensajeros, no solo estaba ligada a su mensaje, que como ya vimos, agría o llena de venturanza a su receptor sino que, de manera estratégica, era inconveniente para opositores y enemigos de los usuarios de este correo humano. Así que virtualmente, los Chasquis eran acechados y cazados para silenciar en ellos su persona y el mensaje que llevaban.

En pocas palabras, los Chasquis corrían literalmente por sus vidas.

No se sabe cuántos fueron capturados, torturados y asesinados por su mensaje; el caso es que, bien entrados los años de 1800, trescientos años después de la conquista, en sus piernas, con  su tocado blanco en la frente y con sus chuspas aprovisionadas de hojas de coca, llevaron al resto del continente la noticia de la sublevación de Tupác Amaru –más allá de su victoria o derrota- a las provincias españolas en América, que pronto, una a una, fueron declarando su independencia a inspiración del Inca que se declaró Soberano en el Cuzco en contra de la tiranía de los españoles. Así cumplieron, corriendo, fielmente su misión.



 Entre el llano y la cordillera


            Por personas con las que había hablado, sabía que debía correr cómodamente una distancia superior a la de la carrera. Faltando unos 20 días, solo había alcanzado los 10.000 metros una sola vez. Un domingo salté a carretera e intenté alcanzarlos nuevamente. Mi esposa me dejo en el punto que le indiqué y se fue. El Puente Guatiquía. Estiré rápidamente y empecé a correr. Crucé el puente que mide unos ochocientos metros y una brisa fría y agradable me recibió. Eran como las 7:30 de la mañana. El lecho del río había subido su nivel producto de la deforestación de la cuenca y se había tapizado de piedra violeta pero aún quedaban brazos de río que arrastraba pequeños cauces.

El camino en cambio no ayudaba mucho, pensé, a medida que trotaba. Mis piernas y mi cuerpo se resistían. Tenía la idea de que como ya lo había logrado una vez; es decir, correr 10 kilómetros, no era sino intentarlo de nuevo y ya estaba. Tal vez el ambiente en carretera, tiene factores extras de agresividad que no calculé. Me estaba acostumbrando a correr en pista atlética con perímetro arbolado, donde la condiciones de brisa y cambios de relieve están controlados. Estaban además los vehículos que pasaban al costado.

Un ciclista conocido en la región, llamado “Jácome”, había perdido un brazo porque un camión repartidor de “gaseosa” o “refrescos”, como dicen los costeños, lo sobrepasó y se lo arrancó de tajo. Lo choferes de vehículos grandes tiene la certeza de que atletas y ciclistas, simplemente invaden la vía. Y obran en consecuencia. Producto de una cultura que todavía percibe el deporte y la actividad física como “no-trabajo”, es decir, ociosidad, pérdida de tiempo o vagabundería.
            
       Pasé el puente y tomé una rotonda que hay a la salida. Pensé en ciudades grandes como New York o Sidney con mar al costado y formas de deporte masivo. Estábamos a años luz. Pero el paisaje, agreste, muy criollo, tampoco estaba tan mal. A mano izquierda se elevaba la cordillera oriental. La más baja de las tres cordilleras colombianas, falda postrera de los Andes que sube hasta Venezuela. A la derecha, se extendía el llano ilímite y reseco, muy semejantes a los paisajes que se plasman en Pedro Páramo. Las condiciones del relieve se repetían desde el sur oriente hasta el noroccidente de Colombia. Uno puede durar horas y días completos viajando y el paisaje es el mismo; la imponente cordillera a la izquierda y los llanos de la Orinoquía colombiana a la derecha si uno se dirige al norte; o viceversa, como dijo la reina.
            
          Pero a los 6.000 metros y algo, frente una vereda de nombre Puente Amarillo, no pude más. El sol empezó a calentar y me fui agotando. Puse en la balanza si valía la pena sobreponerme y seguir corriendo o acogerme a una sombra de un palo de mango al borde de la carretera. Ganó la sombra del mango. Me detuve y descansé. La cosa no era tan fácil. 

           Un campero venía en sentido contrario de nuevo hacia la ciudad. Le hice el pare y lo tomé. En público y asegurándose de que lo escucharan todos los que venían en el carro, el chofer me preguntó que si me había “mamado”. Me dio risa y le dije al hijueputa que sí. 

sábado, 18 de agosto de 2012

jueves, 19 de abril de 2012

De libros, editoriales y lectura












Aprovechando la temporada de Feria del libro en Bogotá, que pone a pensar sobre lectura, escritura y proyectos editoriales quisiera referirme a un proyecto editorial que viene cuajando en el Meta y la región: El Zahir Editorial. Aunque parezca una empresa suicida, frente al recorte colecciones de literatura a las que se han abocado editoriales grandes como Norma y la clausura de periódicos físicos por todo el orbe, renace como una flor en el pantano del narcotráfico y escándalos de corrupción un proyecto editorial a pequeña escala con el de Carlos Pachón.

Como no es un negocio rentable en el corto plazo, quienes lo apreciamos hacemos conjeturas sobre su odisea y calculamos su galope contra los molinos de viento que son estos tiempos áridos para leer y pensar.

En primer lugar, concluimos que lo que debe presidir es una vocación genuina y amor por la literatura, más otras cualidades de kami Kase. El simple mercantilismo no da, para abrirse campo en ese tipo de empresas.

En segundo lugar pensamos que la lucidez es una pariente cercana de la locura, y que a la larga, varios proyectos descarriados, indicaban la senda correcta en tiempos de ruido y de sordera.

Nada como abrir libro, en el silencio placido, y empezar a recorrer sus páginas, como escuchando en intimidad los secretos de una mujer. “De nuevo soy agosto y otros poemas”, de Julio Daniel Chaparro, es el último libro que acaba de editar, El Zahir, con los auspicios del Instituto de Cultura y la gobernación del Meta.



lunes, 2 de abril de 2012

No hay nadie

¡Mamá -no grité "madre" sino "mamá", que es voz de infancia-, no hay nadie!
¡Mamáááááááááááá, -volví y dije con voz desgarrada-, no hay nadie!, concluí con terror.
Mi voz ronca, torpe, perdido en la demencia, en medio de un aguacero,
buscando en una casa en ruinas a quienes ya no habitaban.

jueves, 23 de febrero de 2012

Meditando encima de una mula











Hace muchos años me extravié encima de una mula mansa. Fue una de las cosas más anodinas que me han pasado. Y sin embargo, recuerdo el hecho con frecuencia, cada vez que los asuntos se salen de madre o toman curso disparatado. También es una reminiscencia asociada a mi papá, al joven padre, en esos años de mi niñez. No lo veía joven, lo percibía adulto.
El mundo era fijo: se dividía entre adultos y niños. Los adultos eternamente serían adultos y los niños, niños. Un clave de ser adultos es que estos portaban dinero, y los niños, no. Fin. Lo veo joven en mis recuerdos, ahora que tengo más edad que él en aquel tiempo, y no sabía ni comprendía su vulnerabilidad y desamparo. Su falta de malicia frente a otros. Intento comprender sus defectos, su agresividad brutal, su violencia y su instinto que es un poco más oscuro.
Dos troncos familiares de los Velásquez se habían reunido en la finca de la tía Filomena para un 31 de diciembre. Era una incontable partida de tíos, tías, primos, primas, grandes y pequeños, cercanos y lejanos, que nos habíamos reunido y metido en una finca agreste en el Meta, que resultó inundada en la periferia cuando llegamos. Estaba a una considerable distancia de la vía carreteable más próxima, así que en una finca vecina, debieron abandonar los vehículos y cargar todo en hombros: comida, bebidas, y toda clase de chécheres. Parecíamos una partida desheredada de gitanos.
Arribamos extenuados pero una vez la gente se recuperó entró en relaciones alegres, en juntas y corrillos entre quienes simpatizaban y empezaron a consumir la cerveza y el aguardiente que llevaban. Era el 30 de diciembre pero el ánimo prendió el día que no era. Sin luz, al lado de una hoguera, la cosa se liquidó en bromas y cansancio hasta que todo el mundo durmió donde pudo, profundamente. Encima de bultos, en enramadas y hamacas, en esteras o en butacas.
El 31 oí pasos de animal grande corriendo en medio de la finca todavía a oscuras, cuando apenas amanecía. Una novilla desbarajustada corría por su vida, y una partida de mi familia, con cuchillos y rejos, perseguía con algarabía el animal para sacrificarlo. Un pocos despues, ya la traían enredada, la derribaron y le clavaron un puñal en la yugular. El animal gemía y pateaba hasta que la energía la fue abandonando. Después la despresaron, la pusieron en chuzos y arrimaron las piezas de carne a una hoguera.  
Al medio día hizo un calor insoportable, recrudecido por el guayabo. La gente estaba seca. Hubo tensiones en el grupo y la preocupación estribaba en la falta de cerveza y trago para por la noche, preciso la del 31. Se oyeron recriminaciones y lo que se decidió fue armar una comitiva para que saliera a un cruce de la carretera, arriba de la finca vecina. Luis Hernando, Julio, Guillermo. Ensillaron varias bestias y se encaminaron. En el borde del broche, cerca de la casa, me acerqué a ver la marcha y mi papá se quedó mirándome. Me preguntó que si quería ir y yo dije que sí. “Entonces, vamos”. Edgar, un tío, no estuvo de acuerdo y me cogió a cantaleta medio camino. Mi papá no decía nada. Edgar seguía: ¡Pero si vamos es a pie, las bestias son para los petacos!
Cerca al cruce, llegando a una tienda miserable y polvorienta, mi papá tuvo un altercado fuerte con Edgar y liquidaron el asunto, con un: ¡Es problema mío, no joda, que nadie ha usado las bestias y todos vamos a pie!
Llegamos como a las tres o cuatro de la tarde. Pidieron lo que iban a llevar, hicieron cargar los animales y sentados despacharon una cerveza para la sed. Después pidieron otra, y otra, hasta que les oscureció a las bestias afuera y no arrancábamos. Resoplaban, sacudían la crin y movían los cascos. Por fin decidieron emprender camino, pero había un problema. Se había hecho tarde, y llegar a tiempo por el camino que habíamos venido, era casi imposible.
Un obrero  mencionó un atajo, evitando la finca vecina que nos llevaría directo a  la de la tía Filomena. Salimos de la tienducha como borregos, a buscar el camino en medio de la oscuridad. Mi tío Edgar se encaramó de primero en uno de los caballos.  Fuimos a pie un buen trecho. A veces paraban y echaban otro trago y ponderaban el camino. Atravesábamos potreros, arboledas, pastizales. Mi papá me puso encima de una mula mansa que ni siquiera iba atada al resto de cabalgaduras y me dijo que de ninguna forma me bajara.
A oscuras, apenas intuía un camino silvestre, demarcado y mantenido por el transito ocasional de campesinos y gentes de las fincas. Oía chirriar las cabalgaduras, tascar los frenos, los cascos de la bestias taconear las piedras.  Los oía hablar atrás, hasta que quedé en el silencio, transitando solo encima de la mula que tomó camino sola, obstinada y mansa. Todo era oscuridad y silencio al rededor, y solo sentía el trabajo y el movimiento vivo del animal abriéndose camino.
En un cruce de caminos más adelante, la mula eligió un camino diferente al que traía el resto de la comitiva y se apartó en definitiva del grupo. Deambulé encima del animal como hora y media a través de matorrales oscuros. No recuerdo ni qué pensaba. Tal vez, que no debía bajarme de la mula de ningún modo. Quizás, ella sabría mejor qué hacer, ya que nosotros mismos no lo sabíamos. Se tomó más tiempo, dio un rodeo más, pero de todos modos, la mula fue a dar un broche de la casa con su carga. Mansa y noble.
Muchos años después, como dice el Nobel, supe, me pareció, profundamente que era la misma mula que aparece con Juan Valdez. Insignia del mejor café del mundo, el colombiano. Es una señal del trabajo noble y rudo de nuestros campesinos que laboran en silencio y saben hacer lo necesario para hallar el camino que suelen perder los citadinos, como nosotros, que de manera atropellada, ponemos todo patas arriba. 

jueves, 17 de noviembre de 2011

La Hija, el encuentro

En un confín del Universo
colgados del ala de una galaxia
sobre la superficie
de una especie de perla azul
nos encontramos,
nos reconocemos,
te abrazo.
Y podemos hablar
y  podemos contemplar
el milagro
de habernos cruzado
en un destello de vida
en medio de esta eternidad.
Saltaste de un vientre sanguinolento
abriste tu boca de mamífero
y succionaste con avidez,
mientras nos calmábamos
del sueño interrumpido
de las carreras, la angustia
y todo el barullo que acarreó tu arribo.

domingo, 20 de febrero de 2011

La epistemología

¡Viva la epistemología,
abajo la teología!

jueves, 10 de febrero de 2011

Bridny

Bridny es pequeñita.
Tiene el tamaño
de una porcelana y el cabello negro y oscuro
suspendido en olas.
Me trata, en general,
como todas las mujeres
me han tratado,
con una cercana y medida indiferencia.
Justo para que no deje de fijarme en ella.
Siempre que adivina mis pasos
se anticipa en mi camino y se para a la orilla
a contemplar la vida, casi ensimismada.
La llamo por su nombre: “!Bridny! ¡Bridny” y no contesta.
Da media vuelta y desaparece, pendiente de la próxima
vez que yo deambule por ahí,
como Oliveira adivinando a la Maga.

lunes, 31 de enero de 2011

Metafísica

A Ángela Fernanda


El alma,
refundida,
inmaterial,
se manifiesta de manera liquida,
en una lágrima que rueda
por tu mejilla.

viernes, 21 de enero de 2011

Eucaristías paganas

Lo FW son la nueva eucaristía, cómoda y barata, que circula por internet. Se difunde por facilitación de señoras beatas que aspiran a la santidad mientras brisean sus piernas con un abanico para sofocar el calor que rebrota entre sus piernas que las tienta a los abismos gozosos del infierno en los límites cronológicos de la menopausia. Por supuesto, tiene que sobrarles el tiempo para examinarlos, hacer un guiño de una inteligencia recién estrenada que se conmueve con al musiquita de fondo y la filosofía barata que reparten estas presentaciones en Power Point, que de manera odiosa, reiteran en la necesidad de re enviarlos para propalar el mal hasta los últimos confines de la Red so pena de castigo y señalamiento de actitud mezquina.

Me llega uno, por ejemplo, de Producciones Rakimchile, Canadá, cuyo eslogan es “Sirope de Savia de Arce la Miel de la Vida” con una muestra fotográfica de Gregory Colbert y textos de un tal Joseph Newton que me habla del Principio de Vacío. Y digo que es un tal porque tampoco existe ni aparece en ninguna biografía seria en Internet ni en ninguna parte donde lo he buscado. Seguro es un sabio de ocasión para encantar idiotas, o es rezago de la operación de la maquinaria creativa de Borges, quien creaba autores y libros que no existían.

En fin lo que me dice, o me pregunta, es ¿si tengo el hábito de guardar broncas, resentimientos, tristezas, miedos y demás? Mejor dicho, todo lo que de manera esencial y profunda soy. Mi norte, mi sur y toda mi estrella de navegación. Al principio acallo mi consciencia porque la cosa me deja como mal. Y nuevamente me dice el FW: “¡Eso jamás lo hagas! ¡Va contra tu prosperidad!” Sigue las musiquita y la fotografía descrestante y me hace acordar de la imaginería eclesiástica con fines de adoctrinamiento de vírgenes orgásmicas y hombres en ropa interior sangrantes y crucificados.


domingo, 16 de enero de 2011

El Western

De la Constitución de 1863, que Víctor Hugo calificó para ángeles, de la Constitución de 1886 de Nuñez, centralista y confesional para garantizar la unión y el catolicismo, y de la de 1991, que garantizó el estado social de derecho, mas sus leyes y demás jurisprudencia, va surgiendo el “Colombian Western” donde están al día los anuncios de recompensa y se busca para perseguir criminales que hacen prevalecer en nuestra banana republic la ley la pistola más rápida y la economía de la pepitas de oro. ¿Falta algo más para la película de pistoleros del salvaje oeste de inocultable influencia norteamericana?


viernes, 14 de enero de 2011

Evolución

Cómo un pájaro, descendiente a de los extintos dinosaurios,
Aprendió a cantar al lado de una fuente,
Sobre la rama de un árbol florecido,
Acrisolados trinos que parecen describir el paisaje que le rodea.

El Piélago

Leo a Foucault, "Las palabras y las cosas". Pero para entenderlo, dadas la reiteradas alusiones debo leer antes a Descartes, y revisar a Condorcet, Condillac y Destuft. Algo de Buffon y de Bacon y de sus libros también se requiere. Por supuesto, partir de la teoría básica de Platón y Aristóteles para comprender el sentido de la antiguas y nuevas epistemés. Cierro el libro del que pretendí abusar y caigo en el piélago del Génesis, contemplando el árbol del bien, del mal y del saber.

viernes, 7 de enero de 2011

¿Por qué mataron a Cuchillo si era tan buen muchacho?

¿Se puede destruir la eticidad propia de un pueblo para crear una sociedad sin ética?, se pregunta Rodolfo Kusch. Había respondido antes Manuel González Prada: “Le conservamos en la ignorancia y la servidumbre, le envilecemos en el cuartel, le embrutecemos con el alcohol”, lo cual traduciría: Iglesia, milicia y trago.

Bautizado en la pira bautismal por el Santos de moda como “el asesino de asesinos” escamoteándole el mote que tenía de “Cuchillo”, del cual se había hecho adjudicatario por matar a sangre fría mediante el degüello de sus víctimas, este hijo legitimo de la católica sociedad colombiana se había formado en la milicia regular de país, o sea, el Ejército. Era sindicado por las autoridades de la responsabilidad de unas 3.000 muertes –su amigo y antiguo jefe Jorge Pirata que reside en la Modelo precisó la cifra en 1.500, cifra modesta pero de vinculación directa- y responsable de una 10.000 desplazados.

En su huida, tuvo responsabilidad etilica el wishky Chivas 20 años que lo sumergió en el caño Siare con su pistola de cachas de oro con incrustaciones de diamante, en inmediaciones de los Departamentos del Meta y el Guaviare, corroborando el principio filosófico del maestro Hair Leal de que “el que a hierro mata a hierro muere pero puede resultar ahogado".

jueves, 6 de enero de 2011

“De esta vida nadie sale bien librado”*

Murió Mercedes. Es la primera persona que conozco que se muere así, de una manera tan fulminante. Bueno, “fulminante” sería suficiente, el “tan” viene a sobrar frente a este adjetivo tan cortante y rotundo, que apenas deja como la humareda en la boquilla de una pistola. Escasamente hace unos quince días supe que estaba enferma y que Oscar, su esposo, la había llevado al Seguro por un malestar crónico. Quince días atrás el médico que la revisó la envió para la casa con la receta de un laxante porque manifestó sensación de congestión estomacal. ¡Cómo le pararían de bolas ante una dolencia mortal!

Pero unos días después de nuevo se sintió mal y Oscar tuvo que traerla de urgencia. Su estómago había crecido y no podía comer casi nada. Empezaron a hacerle exámenes con más cuidado y los médicos que la trataban se abstuvieron de emitir algún diagnóstico hasta no obtener los resultados de los exámenes.

Mi hija que es médica y había venido el fin de semana a saludarnos, supo del estado de salud de Mercedes y fue a visitarla hasta Buenavista, una vereda cerca a la ciudad, que queda arañando la cordillera a unos 1.100 metros sobre el nivel de mar. Se trataba de una visita social, sobre todo. Sin embargo cuando regresó a la casa venía impresionada: “Papá, creo que ya sabemos lo que tiene Mercedes: es un cáncer de hígado y, si se confirma, contra eso no hay nada qué hacer”.

Días después seguí obteniendo noticias esporádicas de su salud. Los médicos no hacían un diagnóstico claro pero se especulaba de un cáncer en el páncreas. Practicaron una biopsia y la enviaron a Bogotá y quedaron pendientes. Una técnica de dilación. A Oscar se le achicaba el corazón escuchando las noticias escuetas de los médicos y empezó a temer lo peor. Su familia se reducía a Mercedes, Laura, su hija –a quien vi crecer en el vecindario mientras vivimos en Buenavista- y él. Un gigantón de un metro con ochenta, barbado pero que pese a su apariencia, era un hombre bastante tranquilo y pacífico que vivía en torno a Mercedes quien, en los últimos años en que los cercó la angustia económica, mostró más entereza y energía que él.

Cuando los conocí a los dos eran dos personas muy diferentes. De alguna forma, la fortuna les sonreía y tenían más o menos todo lo necesario. Vivían con modestia en una casita de cuentos infantiles, la mayoría de ella hecha en madera. Siempre tuvo una aviso de “Se Vende” por no sé qué capricho de Oscar, que sin embargo nunca la vendía. Habían vivido en Buenavista como se dice toda la vida y en el fondo dudábamos que se irían algún día. No divertíamos los fines de semana, tomábamos en torno a fogatas y nos reíamos mucho. Mercedes tenía una risa especial, si no es que siempre se nos ocurre eso de las personas que fallecen. Se reía fácil de las cosas simples y era una persona muy calmada. Nunca que recuerde la vi molesta. A veces un poco concentrada, en los últimos años, cuando pasaba por la casa en compañía de Laura. Oscar, por problemas de nervios, a raíz de su afición a la bebida, había vendido un campero que manejaba y desde entonces su economía se vino a pique.

Entonces Mercedes se había dedicado a hacer pequeñas costuras en su casa, trabajó en una despulpadora de fruta, peluqueaba a los vecinos y quizás, por la misma situación dura por la que pasaban, se acercó mucho a la iglesia en la vereda pero no se quejaba. Era estoica.

Esta mañana vino mi suegro, después de un largo fin de semana esperando los resultados de la biopsia. Me dijo que venía de la clínica y que Mercedes había acabado de morir. Caímos en el silencio.

Lo que me pregunto es si Mercedes se murió por la enfermedad o por la miseria en la que estuvieron viviendo. Primero porque tal vez no tuvo la atención médica necesaria. Y segundo, porque acercarse uno tanto a la iglesia pero perder fe y las ganas de vivir es muy mala señal y muy mal síntoma para conservar la vida.

Oscar se demolerá y quién sabe cómo va a sobrevivir a este golpe. Como decía la escritora Dorothy Parker, “Que se sepa, de esta vida nadie sale bien librado”


Escritora y Dramaturga Dorothy Parker

jueves, 2 de septiembre de 2010

Olivia


Mónica Ostos tenía la exacta apariencia de Olivia, la novia de Popeye. Al principio no lo noté y solo vi en ella a una alumna más de Comercio Internacional. Era espigada y se recogía el cabello con un moño esmerado, estilo años cincuenta.



Era un tanto insignificante y por muchas clases no le presté atención. Se confundía con el resto de muchachas pero, cierto formalismo, una tendencia a actuar, hablar y moverse con sobriedad y elegancia, hicieron que resaltara en su grupo.

Tenía los ojos pequeños y oscuros; sus labios eran delgados y acentuaban la pulcritud de su temperamento.

No sé si serían simples impresiones mías; a lo mejor, otras personas, solo observarían en ella a una adolescente desmirriada. Pero el trato constante en clases, el intercambio de preguntas y respuestas, me hicieron ver en ella más cosas de lo que otros podían ver a primera vista.

Su cuerpo, aunque era delgado, estaba bien delineado.

Un día antes de su clase de gimnasia, pude observarla en la puerta del salón de clase. LLevaba un pantalón corto, una camiseta blanca de lana y tenis. Sus piernas eran delgadas, finas y sin estrías. Poseía unas caderas proporcionadas y con gracia.

Tuve el súbito deseo de acercarme a ella. De pronto se volvió sobre sí y quedamos parados uno frente al otro. Me salió una risa malévola no sé de dónde mientras la contemplaba bajo la órbita de mi cuerpo alto y robusto.

Hizo una mueca y se apartó de mí.

Caminaba con energía, procurando alejarse lo más pronto posible, y fue cuando tuve la revelación de que era exacta a Olivia, así se llamara Mónica.

En las siguientes clases toleró mal mi presencia pero su desaire solo inflamaba más mi deseo de rodear con mi brazo su delgada cintura y robar de sus labios la miel de un beso.

Desafortunadamente y con los días, nuestra relación derivó hacia la acechanza y la huida.

Se escapaba de mí como una gacela; resbalaba por los pasillos y laboratorios de la universidad; nos encontrábamos, casi chocábamos por intención mía en las salidas de auditorios después de conferencias; la expiaba en el gimnasio y la veía reir con otros de lejos, en la cafetería.

Sobrará decir, a estas alturas, que estaba rudamente enamorado de Mónica.

Mi osadía llegó a su límite el día de la fiesta de aniversario de nuestra institución educativa. Cerca a la Oficina de Bienestar, nos encontramos de súbito, sustraídos del grueso de la gente, solos, uno frente a otro: intentó huir, pero su cintura ya estaba en mis brazos y mis labios buscaban su boca. Me dio unos tiernos puños en el pecho, y por supuesto, esto me excitó aún más. Chilló un raro nombre y de pronto alguien me apartó bruscamente y puso en uno de mis ojos un golpe que me sonó a locomotora enfurecida y resonó como yunque castigado.

Quedé sentado en el suelo, con una rodela negra en mi ojo, tratando de reponerme, mientras Mónica me espetaba agriamente:

¡Brutus! ¡Brutus! ¡Eres un patán! ¡Vamos, Popeye!

Un joven rubio, alto y cuajado de Ingeniería Industrial, la había rescatado en sus brazos. Me dieron la espalda y se marcharon.

Me rascaba la cabeza, tratando de recordar dónde había leído que la realidad supera la fantasia.

Brutus.

martes, 2 de marzo de 2010

Qué tan civilizadora fue Europa

Las empresas más formidables de "civilización" emprendidas por Europa en América, Africa y la India,han sido, en términos reales, empresas de barbarie y sometimiento. Veo un documental sobre El Congo, y la relación con el libro "En el Corazón de las Tinieblas", de Conrad, un europeo que se le achicó el corazón de ver tanta barbarie en nombre de la civilización, y me acuerdo de América y su proceso de sometimiento y dominación por Europa, un camarilla de ampones, medio letrados, acicateados por la fiebre del oro que saquearon, torturaron; conjurados con la religión para acabar con una cultura ambientalista, pacífica en la mayoria de los casos, armoniosa de los nativos americanos.

Estos dos procesos de colonización, así como el tema de la India, podrían ser un buen principio para emprender una empresa de revisión sobre el papel de Europa y su proceso "civilizador" en el mundo. Y los resultados, ademas, que hoy saltan a la vista en el libre mercado y el modelo de desarrollo arrasador.

Sería muy bueno confrantarlo a su Eurocentrismo, a la sensación de que sin ellos, otro mundo no habría sido posible. Lo cual, ha podido ser una de la grande tragedias de la humanidad.

viernes, 30 de enero de 2009

Tics para escribir una novela

Bueno, y al fin, me leí la segunda novela de Millás: “Letra Muerta”. Título lúgubre y funeral. Ahora vengo a descubrir la corriente de novela policiaca en la que nada Millás. La novela, de alguna forma se parece a él. Cuando lo conocí en Cartagena, en el claustro de Santo Domingo, llegó de manera silenciosa, como un monje que la disciplina de su oficio lo obliga a cumplir una labor no del todo grata, más o menos forzada por sus votos de obediencia. Mientras caminaba, el párpado de su ojo iba a media asta –lo veía de perfil mientras avanzaba dando un rodeo a la sala- y levantaba brevemente una ceja. Eso le daba el gesto noble de una tortuga milenaria. Sin embargo, caminaba con vigor: parecía un ganso con cabeza de búho. Por fin llegó a la mesa principal y sin muchos rodeos entró en materia: hablar sobre la novela y el oficio de escribir. Sin duda fue el mejor de los escritores que pasaron ritualmente a hablarnos.

Ahora que lo pienso, el escenario de ese claustro eclesiástico de siglos atrás le iba muy bien por su tradición española, tan católica, nación terca y austera, brazo aventajado de la iglesia. “Letra Muerta” es una historia de curas.

Me pareció frugal. Hombre seco y espigado, la camisa por fuera. No se rió, estuvo, digamos, formal sin estar tenso. Sabía y estaba seguro de su superioridad. No había en la sala otra persona para demostrarle lo contrario. Cuando terminó se fue solitario, igual como había entrado.

No sabía de la madurez de su oficio y ahora voy poco a poco comprobándolo.

Yendo al grano, con respecto a “Letra Muerta”:

Es necesario hacer una buena síntesis de la novela antes de escribirla. Es muy útil para que la obra parta de una estructura, de un esqueleto bien conformado. Lo contrario, sería divagar en la construcción de una entidad amorfa. Millás habló en su charla de que cuando se sentaba en las mañanas a escribir, no sabía qué era lo que iba a escribir ni lo que iba a pasar en su historia: “Eso sería muy aburrido”. Sin embargo, eso no quería decir que no existiera un mapa muy general, una historia más o menos armada. Pienso que si no se tiene una síntesis bien elaborada de la novela antes de empezar a escribirla, es mejor no iniciar. Y creo que esta parte, es para ser creativos y audaces al máximo, si no queremos engendrar un niño muerto. Así en “Letra Muerta”, a medida que vamos avanzando y cuando se va cerrando el fin de la historia, apreciamos que nada de lo escrito antes fue gratuito sino todo lo contrario; dispositivos de relojería finamente dispuestos para que el engranaje fuera perfecto.

Esa fue otra lección de la que quiero hablar después.

viernes, 23 de enero de 2009

Novelas de la vagina

Acabo de leerme “Cerbero son las sombras”, de Juan José Millás. Bueno, ya hace unas semanas. Es la primera novela de una antología de tres novelas cortas, de Alfaguara. Fui a leer la segunda novela y no pude.
Quedé en un hueco oscuro después de leerla, en medio del silencio y con la necesidad de meditar en esta primera historia. El sentido del texto me transmitió un mensaje oscuro y pesimista, muy propio de los españoles, pero lo que traté de observar fue la técnica.
La historia básica es la siguiente. Millás insiste que es una novela de pasillos, o de zaguanes oscuros –como la vagina, todo un misterio; así lo dice él mismo-: una familia que huye se refugia en Madrid: padre, madre y tres hijos. Dos muchachos y una niña. De los dos chicos, el menor es el narrador. La familia día a día se va reduciendo, amenazados por la pobreza, la carencia de ayuda y la persecución. El mayor de los hermanos huye una noche y regresa enfermo. El padre encomienda al hijo menor –el narrador- la misión de buscar ayuda. La ayuda –una ex amante del padre-, muere trágicamente a último momento y se desvanece la esperanza de socorro. El hijo mayor que había huido y regresado enfermo muere y la madre oculta el cadáver del resto de la familia en un armario. El joven hijo narrador, ve derrumbarse a su padre y descubre el secreto de su madre: va perdiendo la razón ante la sordidez, huye, alquila una buhardilla y desde este final se encadena el relato con el comienzo: “Querido padre: Es posible que en el fondo tu problema, como el mío, no haya sido más que un problema de soledad.” Se cierra el círculo que puede empezar de nuevo.

¿Qué saqué en conclusión?

Trabajar una novela –y eso es muy propio del género- requiere dos condiciones: a. Hondura psicológica en el tratamiento de los personajes. En este caso, el mismo narrador hace un profundo examen de sí mismo y de su padre. Legado de Dostoiesky. b. Imprevisión y torcedura de los acontecimientos que eleve la tensión. Es decir, la tensión no basta: es necesario los detalles de último momento que lo tuercen todo. “O sea”, como diría un gomelo mascando chicle: uno puede manejar las curvas de interés para mantener la buena tensión, pero si además agrega la imprevisión en los hechos y acontecimientos, aumenta de manera significativa el efecto sobre el lector. Tal vez se podría hablar de otro elemento esencial: la voz propia, el lenguaje personal y un cierto calibre filosófico en el pensamiento del autor. Más o menos eso es lo que se le siente a Millás.

lunes, 12 de enero de 2009

Sin lugar

Creí que con los años, los cursos de Yoga, Tai Chi y meditación para estar en armonía con el mundo me iban a hacer una persona más sintonizada con el tiempo. No ha sido así. Peor aún: cada día la cosa es peor y es como si no encontrara mi lugar en ninguna parte, como si me hubiera adjudicado la condición del amante abandonado que no halla sosiego en ningún lugar.
A cualquier punto que vaya, apenas llegando, ya siento hastío y deseos de partir a otro lado, esperando en vano encontrar algo que no hallaré, o que perdí un día y no me di cuenta.
Cada día me incomodan más los demás, me son adversas las ideas políticas triunfantes y mi contacto con los otros es un roce de irritabilidad.
En el comienzo, hallaba mi lugar sin complicaciones: encima de una baranda, lanzando piedras a un charco era suficiente. No peleaba con nadie porque no había con quien hablar. Me tumbaba en un banco de madera y adivinaba las siluetas de animales de algodón que se iban formando con las nubes. Oía la canción de Soeur Sourire: “Dominique, nique nique, pobremente por ahí…”